
Hay múltiples personajes a lo largo de la historia que me impresionan profundamente. De inmediato acuden a mi memoria los nombres de Chaplin, Indira Gandhi, o de Charles De Gaulle, olvidándome de otros. Pero del que nunca, nunca me olvido es de la Dogaresa, que así llamaban los venecianos a Peggy Guggenhein, en señal de respeto, de cariño, y de admiración.
Nació en 1918 en el seño de una rica familia judía, entró en posesión de un rico patrimonio a edad muy temprana. Fue cuando entró en comenzó a frecuentar el mundo artístico y literario, cuyos centros principales eran Londres y París.
Le atraían de forma muy morbosa especialmente los artistas, en cuya vida bohemia se sintió perfectamente cómoda. Se hizo mecenas de aquel ambiente: invirtió su gran fortuna dedicándose a coleccionar grandes obras con una pasión devorante a los autores de aquellas obras: amiga y amante de de muchos, mujer de algunos en períodos más o menos largos, fue para todos “una musa inquieta”.
Viajó a EEUU con su gran colección, dónde organizó en Art Of The Century, una galería de arte que pronto se hizo internacionalmente famosa y que constituía la única colección exhaustiva de las corrientes de vanguardia desde principios de siglo hasta los años cuarenta. También expuso su colección en la Bienal de Venecia. Fascinada por la belleza de la ciudad, ya no la abandonó nunca más. Adquirió el Palazzo Venier Dei Leoni sobre el Gran Canal, y la transformó en casa-museo, dónde murió en 1979.

Era una mujer frágil, diminuta, de ojos azules, los cuales casi siempre ocultaba tras unas inmensas gafas negras que le daban un aspecto de faraónico y alucinado. Por su palacio desfilaron grandes escritores, músicos, poetas, y pintores de su tiempo. Todos la consideraron como la más inteligente mecenas del siglo.
Ella presumió siempre de ser una mujer libre, “los únicos obstáculos con los que me he tropezado en la vida han sido mis maridos”. ¿Y cuantos fueron?.¿Cinco, seis,siete..? Ni ella misma lo sabía. Su padre, Benjamín Guggenhein, murió en el naufragio del Titanic, contaba su hija que prefirió morir con un precioso esmoquin antes que con una horrible chaqueta salvavidas. De ahí esa gran fortuna, y a través de su abuelo Salomón Guggenhein, fundador del Museo de Arte Moderno de Nueva York.
Se dice que todos sus amigos fueron sus amantes, entre ellos Max Ernst, Samuel Becket, Breton, Marcel Duchamp, Picasso, Chagal…
Ella misma y su palacio se convirtieron en el punto central del mundo intelectual europeo, ella así lo quiso , y creo que no se equivocó.
